Monday, May 27, 2013

Thursday, May 23, 2013

1.
¿Recuerdas esa ocasión en que te sentiste tonto porque te dio risa un chiste que involucra burlarse de las tetas de tu madre?
Eso es Televisa.
Televisa es el gran enemigo. Es la rotunda ausencia de contenido, es el adormecimiento de nuestras almas, son las risas grabadas que escuchamos mientras dormimos llorando. Televisa -lo he dicho antes- es el Rey Midas de la caca. Televisa es un presidente analfabeto. Es tropicalizar a la madre de dios. Es el orgasmo hecho de mayonesa. Televisa, una violenta doble moral que impide el diálogo, el humor, la comprensión. Es el amor sin entender qué es el amor.

La traducción futbolística de Televisa tiene un nombre: Club América.

Simbólicamente, no hay un antagonista equitativo ante tanta mugre. El Cruz Azul y sus raíces disque humildes no están a la altura, mucho menos las tranzas, corrupciones y lavados de dinero de Billy Álvarez. Neta, no están a la altura. Los caóticos estudiantes Puma tampoco lo están. Tampoco lo está la incomprendida y caduca pureza patriótica del rebaño. Ni la gringoide industria regiomontana. Ni el gemelo tarado llamado TvAzteca.
Nacionalmente, no hay un rival que esté a la altura de la putrefacción intelectual, espiritual y humana que nos ofrece a diario esa empresa fluorescente. Así se llame un programa de humor, un melodrama hecho con primeras tomas, una interpretación de los hechos diarios, un deporte, una liga de futbol o su clímax.
Descreo del odio. Me parece que es una sensación sobrevalorada. O al menos poco usual. Yo no estoy seguro de que sea capaz de odiar a alguien. No me educaron para odiar y por lo tanto he elegido no hacerlo.
Que el mensaje comunicacional de una escuadra deportiva sea “Ódiame más” implica una serie de incomprensiones a todo lo que nos vuelve hermanos de especie. Ya de por sí a los mexicanos nos rodea un entorno violento e incomprensible. “Ódiame más” es una cochinada. Una desafortunada línea de venta.
¡No! No odio al América.
Desprecio a lo que representa. Meretriz de infinitas tetas ofreciendo pus. Desprecio a lo que seguirá representando. Ese taladro, esos hilos encima de nuestros hombros, esas máscaras en la misa.
El Cruz Azul, equipo al que no chisto en afiliarme día a día porque me ata a los brillos de mi infancia, se juega una final de futbol contra la más evidente bazofia mexicana. Eso no quiere decir nada. Televisa ganará sin que el score sea relevante. A pesar del resultado: todos perdemos.
Ojalá lo que estuviera en juego fuera el destierro del equipo perdedor.
Ojalá un día, el América tenga un rival a la altura. Una agrupación de mexicanos pensantes y educados en perseguir y amar la belleza, la justicia, la tranquilidad.
Para que suceda algo así: todos debemos levantarnos por la mañana y que nuestro primer pensamiento sea: hoy seré el mejor taxista del país, hoy seré el mejor arquitecto, el mejor mesero, el mejor gobernador, el mejor escritor, el mejor hacedor de gelatinas, etcétera.
Con algo hay que empezar:
Chaco, Torrado, Chuleta, Jair, Amaranto, Chuy: hoy elévense y piensen que quieren ser el mejor equipo de futbol mexicano.

¡Vamos, Cruz Azul!

Gabriel Rodríguez Liceaga No. 14.
Ciudad de México, Mayo 2013.

Friday, May 17, 2013




1. Mi bella novia me comento: “¡ya viste! el boleador de zapatos le va al Cruz Azul”. En ese momento todo cobró sentido una vez más.

Yo entiendo que todos estamos urgidos de glorias, entiendo que de alguna forma la vida humana se ha perfilado como una indefinida serie de circunstancias reiterándose hasta el hartazgo. Llamémosle quincena, centenario de la Revolución, búsqueda del amor o un campeonato de futbol. Las cosas suceden y a nosotros no nos queda más que dirigirnos con paciencia a la tumba.

Es así: la última vez que mi equipo (me refiero a la máquina celeste del Cruz Azul) fue campeón, yo tenía candorosos 17 años. No había nunca estado adentro de mujer alguna, nunca había sobrevivido a una antológica cruda, no había visitado la poesía de Paz, no había traicionado a nadie, no tenía un hijo.

La vida y su complejo de tetris. Cosas cayendo cada vez más a prisa y en contra de nosotros. En las manos de uno está irlas administrando correctamente: Palencia no es suficiente, Chelito se pandea, Kikín tampoco la mete, al mejor Villaluz lo mandan al hospital en plena final, Hachita dispara desde lejos, Pájaro Benítez gira a segundos del pitazo, Tito Villa falla, Chaco envejece, yo ya no soy un niño.

Nunca nada me ha importado durante tanto tiempo como mi afición al Cruz Azul. He renunciado a Julio Cortázar y Woody Allen me parece un cineasta más bien copión. Me postro frente a mis padres: Dostoievski, Rulfo, Fellini y Melville. Es decir: crecí a pesar del Cruz Azul.

El futbol es hermoso y ya. Es nuestra actual épica.

Vivo pensando que la gloria deportiva es una cosa que le pasa a los demás. Una circunstancia que desconozco. Algo que le ocurre a todos a mi alrededor pero que yo soy incapaz siquiera de comprender. ¿Qué es eso en el rostro de la gente? Ah, están contentos agitando sus banderas de lejano color. Estoy seguro de que mi afición al fútbol está sobrecargada por una evidente frustración. El dolor de ver cómo el mundo está creado sin mi intervención. Yo no inventé la rueda, yo no construí ese inmenso edificio, yo no derroté a Napoleón, yo no anoté el gol del gane.

Cruz Azul está jugando (hoy, mayo del 2013) muy bien. Los jugadores cruzados retienen en sus ojos un pedazo de sol, albergan sus pechos un anhelo, apestan a logro. Se les nota desde lejos. Gerardo, Jerry, Chaquito, el mismo Pavone, mi adorado -y banca- Rogelio Chávez. Eso no tiene nada que ver con que ganen o con que sean campeones. Somos una afición con las heridas aún abiertas. No olvidemos que las glorias y los fracasos son mellizas con insomnio. No está en nuestras manos lo que está por acontecer. El sol no sabe que inventamos las velas, escribió Hugo.

Saldrán los aficionados celestes de donde uno menos lo espera. Esos no son los relevantes.

“¡Ya viste! el boleador de zapatos le va al Cruz Azul”, me dijo mi novia.

Hablo por mi estirpe de frustrados:

Ese muro que tienes enfrente de ti, mexicano, lo levantó un albañil. Habitamos una ciudad construida por dulces, generosos y humildes hombres vestidos con una camiseta. La playera del Cruz Azul. Tela gloriosa bañada en llanto, cemento y sangre de Carlos Hermosillo. Fila de ocho estrellas huérfanas de constelación. Al mismo tiempo saco de cemento y tramo de cielo.

Voto por el día en que las construcciones se detengan.

Yo no sé qué es ser campeón. No sé de qué se trata. Supongo que es como encontrarse una moneda en la calle. Asumo que es como ciertos atardeceres en los que la presencia de dios es muy evidente. Supongo que es como una mujer que sonríe en medio del diluvio. No sé. No sé qué es ser campeón.

Veremos qué acontece. No nos queda de otra más que esperar a ver qué acontece. Mi amor rotundo y preclaro hacia al equipo cementero no está en disputa.

Nos verán cantar gol al unísono.

Gabriel Rodríguez Liceaga #14
México, D.F. Mayo 2013.

p.d. Deseo que la final sea contra el cochino y burdo club América. Porque Héctor se enfrenta a Aquiles; Diómedes, Patroclo y ambos Ajax son escasamente un contratiempo.